Políticos que aparecen en público besando bebés o abrazando ancianas, esperando que las bondades de esta imagen transmuten el siniestro concepto en que a veces se les tiene. No hay política sin manipulación, ni siquiera en esos regímenes que por comodidad llamamos democráticos. Un breve recorrido por este viejo recurso de la manipulación política.
A un un estado totalitario necesita manipular a sus habitantes para no perder un nivel mínimo de aceptación que le permita mantenerse en el poder. Pero incluso ahí donde las cabezas del gobierno se rotan cada cierto periodo, donde el político está obligado a conseguir la aprobación del ciudadano expresada en su voto, justo por esta razón se implementan prácticas que inventan un personaje no necesariamente idéntico al de la persona detrás de la imagen creada a base de publicidad, afiches, lemas y escenarios cuidadosamente montados para favorecer la opinión del candidato en turno.
Este es el caso de la imagen que muestra a un político besando a un bebé, quizá una de las más populares en décadas recientes con las que se intenta despertar la simpatía hacia un político, esperando que la tradicional inocencia, pureza, ternura y toda la gama de sentimientos que comúnmente se asocian a un rollizo infante, se transmitan también hacia la personalidad un tanto siniestra de los políticos, incluso cuando, en privado, el político aborrece el contacto con los babeantes y malolientes recién nacidos.
¿Pero dónde o cuándo nació esta práctica? Al menos en Estados Unidos parece que ya en 1883 el que sería el séptimo presidente de la Unión Americana, sostuvo entre sus brazos al hijo de una mujer pobre, al cual tildó de “fino espécimen de la niñez estadounidense” e, incluso, instó a su Secretario de Guerra para que le estampara un beso a la creatura.




