15 de octubre de 2015

No hay políticos honestos en El Salvador


Las grandes y buenas obras hacen al buen gobierno. Los discursos bien elaborados y las palabras bien dichas pueden despertar entusiasmo, encender ilusiones. En política se habla de que el sentido de las proporciones, una forma de realismo, hace, por encima de lo ornamental, la grandeza del discurso y también su dignidad. Porque la palabra evade con frecuencia las redes de la autocrítica, y es para quien la pronuncia y para quienes la escuchan, embriagadora. Tan fascinante como una droga convierte en aparente realidad la confusa materia de los sueños.

Se piensa en todo esto si se contempla el panorama político de El Salvador de hoy. Si hasta el momento todas las declaraciones, los discursos, los objetivos y los propósitos enunciados por los distintos gobiernos se hubieran cumplido, nos rodearía un El Salvador en marcha, en despegue, esplendoroso, organizado, justo. En El Salvador no se tiene nada de eso, nada más se quedaron en el intento. Como dicho está, no faltan declaraciones, ni planes, ni proyectos, pero se carece de claridad y realismo. La política, lo he escrito tantas veces, no es, o por lo menos no debe ser un puro alarde de imaginación. El agitador despierta sentimientos, aviva rencores o suscita pasiones. Su quehacer se sitúa en el peligroso ámbito en el que las palabras motivan emociones fugaces.

Los políticos son maestros en el engaño, en la mentira, en la promesa. La cuestión es que la gente no vive de ilusiones ni de esperanzas. Se dice que “la fe mueve montañas”, pero de ello no se come ni se alimentan los pueblos. Se pueden formar miles de comisiones, se pueden realizar otras tantas reuniones de consulta, se pueden presentar anteproyectos de ley o maquillar la Constitucion Politica, pero si las obras y los hechos no se concretan, nos encontramos en un círculo vicioso, no encontramos la luz al final del túnel y todo queda en papeles, en declaraciones rimbombantes, grandiosas y altisonantes, en fotografías publicadas en los periódicos, en noticieros repitiendo palabras de ex-presidentes, de ex-funcionarios, de notables e ilustres figuras.

El político se sitúa en el peligroso ámbito en el que las palabras motivan emociones fugaces. Vive de eso: de prometer y de engañar, de crear falsas expectativas. Para él existen miles de palabras y es un maestro en manejarlas, pero ellas no tienen valor por sí mismas. El político honesto (habrá de buscarle con lupa, y talvez vanamente) está obligado a desdeñar su encanto, su tentadora locura. En cambio para el estadista la palabra es el camino de la acción; todo discurso debe materializarse, de tal manera que el pueblo advierta que el fuego quemante del discurso, al enfriarse, se convierta en metal. No podemos envolver, ni ocultar nuestras dolorosas angustias con un velo de palabras incumplidas.

El pueblo salvadoreño tiene años de esperar el progreso, la paz social, la felicidad y la justicia. Han desfilado por el gobierno distintos presidentes de distintos partidos y alianzas, todos han prometido el oro y el moro, han pronunciado elocuentes discursos, declaraciones emotivas que han suscitado aplausos y encendidas emociones. Los noticieros han formado sus primeras planas con las frases más solemnes: ''seremos un país de propietarios'', ''cerraremos el círculo de la pobreza'', ''terminaremos con la pobreza del país'', ''gobernaremos para los más pobres de los pobres''...y así por el estilo.

Nada más ejemplos de realismo verbal. Erradicar la pobreza, obligar a la burguesia a pagar salarios justos, luchar contra la evasión fiscal, combatir la delincuencia, invertir más en educación y salud, son las aspiraciones elementales de todos los pueblos del Tercer Mundo. Pero ¿cómo no serlas? Realizar esas aspiraciones populares debería ser la tarea del político. No basta enunciar un deseo. Ahí las palabras se rompen y se principia el duro trabajo, sin poesía, sin micrófonos, sin auditorio ardiente. Ahí es donde el estadista nos debe decir cuáles son los medios, mostrarnos las armas eficaces y trazar, comprensible y sin desviaciones, la heroica, árida y, a muchas veces sin esperanza, estrategia de los más débiles.

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