18 de enero de 2010

Con amor, por amor a la Justicia

CARTA A DON PONCIANO

Amanecer de un día tan dichoso,  la luz del sol entrando a tu morada. Qué hiciste ayer,  qué hacés hoy, qué harás mañana?  Los niños corren y  te regalan  sonrisas. En el  viejo castaño  los pájaros estrenan su nueva sinfonía.

En la vida, Ponciano, tras el umbral de la existencia, lo más importante es la felicidad. Vos la definiste desde tu temprana edad como la entrega incondicional a las causas del pueblo y como tal lo hacés y sos el más feliz de la tierra.


De la dialéctica de la vida seguís aprendiendo que la única razón de tu existencia es esa: servir sin esperar más recompensas que la felicidad de tus congéneres; y vaya  que sos feliz con la satisfacción y la alegría de los demás. Qué más? Las montañas existen no más allá que en la mente humana  y si queremos que ellas florezcan, debemos sembrar jardines en ellas para que haya  permanencia florales en la vida.

El sistema opresor ha convertido el alma humana en un brevario de envidias y ambiciones espejistas; ha robado a ella la capacidad de amar y confraternizar, de tal forma que han genetizado el verbo tener y han hecho desaparecer el verbo compartir, convirtiendo al hombre en lobo del hombre, y a la especie humana en destructora de sí misma.

La acumulación económica ha llevado al mundo a ser dirigido por un pequeño porcentaje de psicópatas a quienes poco les importa el sufrimiento  de más de cinco billones de seres humanos, mientras en su afán de poder destruyen la ecología  del planeta y esta dominación llega en forma refleja a los títeres  de turno, que en nombre de partidos explotadores destruyen lo que queda de los recursos naturales de la tierra, hundiendo a la sociedad en una anomia cuyas soluciones, aunque estén a la mano, se vuelven inaccesibles por la presencia de hordas armadas al servicio  de los explotadores.

La religión y sus representantes no es más que una proxeneta que a lo largo de la Historia ni siquiera han comprendido y aprendido a poner en práctica el primer mandamiento antiguo de “Amaos los unos a los otros”. Ellos, pagados por el imperialismo, levantan palacios de vanidad para engañar a las masas embrutecidas por el mismo sistema.

Como tal, la humanidad ha dejado de amar para pelear. Ha dejado de sembrar para destruir, arrastrada por culpa del sistema al atolladero social en el cual se encuentra la misma. En los países que se dicen ser los más ricos de la tierra por haber saqueado  a los demás, es donde también se ven los niveles de pobreza más extrema y, más que nada, la pobreza espiritual mostrada en las caras de desesperación de la ciudadanía.

Al parecer los dirigentes del mundo nunca llegaron a la edad de la razón. Han creado esta catástrofe social que ahora sufrimos. El crack up económico de la banca capitalista no ha sido más que una orquestación para robarse el dinero y la propiedad del pueblo, como la farsa reciente de la pandemia de fiebre porcina, hasta terminar  con el horrendo desastre de Haití que no está lejos que haya sido planificado, como lo fue el holocausto de los pueblos europeos víctimas del anzismo. Todo en una concatenación de odio y borrachera permanente de las mente criminal de los dirigentes de la industria de la muerte, sicarios que no han evolucionado de la etapa bestial.

La sociedad no es más que suciedad. Los erigidos a pedestales  por el voto popular, la mayor parte de veces de forma inmerecida, temen hablar con sus votantes y ven desde su Olimpo falástico con desprecio a quienes los eligieron. La diferencia entre el intelecto y la imbecilidad está marcada por el puesto y los salarios. Son, sino risibles, hasta despreciables.

Una fuerte dosis de Amor podría salvar a la especie de miles de males; pero mientras exista la plumocracia como nido de sinvergüenzas oportunistas, los pueblos jamás comprenderán que el individualismo debe eliminarse, si es que se quiere caminar hacia la ruta de la fraternidad humana.

Justa razón tenían los trovadores cuando le cantaban a los conquistadores: “LA GLORIA NO ES ETERNA”!

Paul Fortis,
San Salvador.


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