Los políticos sin ética ni escrúpulos afirman que “para lograr los grandes objetivos se hacen alianzas hasta con el diablo”; por supuesto, refiriéndose a la famosa leyenda del ser malo habitando los últimos confines de la tierra. En el escenario nacional existen muchos, variados, especimenes seguidores de esta tesis supuestamente esgrimida por Maquiavelo. Se podría aceptar viniendo de representantes de la “derecha”, de gente acostumbrada a los negocios más turbios, a imponer la “fuerza de sus razones” por todos los medios posibles. Cuando se da en el espectro de la “izquierda”, molesta y se le pone la “piel de gallina” al más pintado.
No se trata de criticar por criticar, o de volverle la espalda a los “amigos en derrota”, porque ni la institución que los representa, el FMLN, ni los dirigentes, se encuentran aun en esta situación. Del otro lado, diríamos rebanarse el rostro con una sonrisa cuando sobreviene el éxito de los “enemigos”. Fiel a esa moral simplona, debemos adoptar con el recién estrenado presidente de la Asamblea Legislativa, Sigfrido Reyes, un claroscuro que reparta por igual entre su “amistad” y su “antagonismo”, advirtiendo que estos términos de deleite y encono, respectivamente, son figurativos, auxiliares solamente de mis parcas retóricas porque del señor Reyes no soy amigo ni le conozco, simplemente por sus actuaciones vergonzosas.
En todas y cada una de las entrevistas y declaraciones vistas por la televisión, hemos notado una ambición desmedida, una necesidad de figurar y establecerse como un político de primer orden, esencial, en ruta hacia las elecciones presidenciales del 2014. Hasta el día de hoy no conozco de cualidades ni virtudes morales ni políticas que lo hagan merecedor a optar por una candidatura a la primera magistratura del Estado. Pero como bien rezan las refranes y las sentencias populares: en tierra de ciegos el tuerto es rey; o “todo poder humano se forma de paciencia y de tiempo”. Citemos otra: “ningún medio hay mejor para prosperar rápidamente que los errores ajenos”. Otra mas: “Al que para subir te da la mano bésasela a cada paso”; o “Nadie es tan viejo que no crea poder vivir un año más”; o “La vejez no es soportable sin un ideal o un vicio”. Y, finalmente, “De todas las ruinas del mundo, la ruina del hombre es, sin duda alguna, el más triste espectáculo”.
Don Sigfrido es eso en esencia: egregia figura de tan abrumadoras retóricas sentenciosas. ¿Habrá sido así siempre? Delegado de esas sabidurías? Por lo visto, hasta el presente de ingeniosidades a veces aleccionadoras y otras risueñas, desenfadadas y ligeras, no ha modificado un instante su imagen, transitando desde sus “principios” primeros rumbo a la hora de los adioses definitivos, la inmutabilidad de su inmenso histrionismo, de su carácter maleable, de su desprecio por la ética, lo noble y lo deseable por los hombres honestos, de su desprecio por lo que lo rodea, incluidos políticos de la izquierda, leyes y jerarquía. Inmerso, antes que nada, de él mismo, a un tiempo eje y órbita de todo eso. Acudo a la poesía, a las figuras y metáforas para hacer más sentido y solemne este momento tan triste para la historia de este folclórico país.
Empeñoso de la pasarela, se impuso conveniencias de payaso (reitero mis disculpas a los hombres de las carpas) si era llamado a interpretar un drama y en el tablado desabrido de la comedia se alzó como estatua solemne de gravedades interpretativas. Lo vieron desfilando por el cementerio, por la tumba de Monseñor Romero, un enorme show a la altura de la soberbia, de los desquiciados y también ambiciosos, sedientos de poder y de figurar a toda costa. También abrazando a un ex presidente de la república acusado de graves casos de corrupción, felicitando, agradeciéndole al ex-presidente de la Asamblea Legislativa, Ciro Cruz Zepeda, por “sus sabios consejos”...Madre mía! Todo eso hizo con tal de arrancar de la galería el aplauso que su desmedro escénico no habría podido conseguir de manera natural.
.
 |
| Tal y como lo hizo Funes, ensució la memoria de Romero |
.
Qué gran farsante este don Sigfrido! Lo digo sin ánimos de ofenderlo, aplicándole la etimología que le conviene. Farsante es aquel que interpreta piezas cómicas, breves, insustanciales, cuyo objetivo principal es provocar un estado de ánimo risueño, conciliatorio de los problemas del espectador. Como ustedes pueden apreciar, estimados amigos, no hay nada peyorativo en el vocablo. Malo decir, a pesar de exigir a gritos se diga, "Fierabrás" o "Pantalón", personajes principales de la comedia italiana, especie de gritones que entre más levantaban la voz, más hilaridad provocaban en la galería, procurando la violencia de sus feligresías en oratorias pueblerinas o denostando al bufón de la alcaldía migueleña, don Sigfrido está interpretando pantomimas que mueven a las lágrimas, a la calamidad pública. Ya no a la risa.
Pocote
REENVIA A TUS CONTACTOS - IMPRIME - COMPARTE - HAZ PATRIA - COPYLEFT SI SE MENCIONA LA FUENTE